De camarero a programador: los entrenamientos ‘militares’ para cambiar de profesión

De camarero a programador: los entrenamientos ‘militares’ para cambiar de profesión

GUILLERMO DEL PALACIO

Actualizado Jueves,
9
diciembre
2021

01:51

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Cada día miles de trabajos tecnológicos especializados se quedan sin cubrir en España por falta de candidatos. Hace unos años, una situación similar en Estados Unidos, donde hacían falta medio millón de programadores, sirvió de impulso para los bootcamps. Estos cursos intensivos, que presumen de altísimos porcentajes de empleabilidad tras formar a sus alumnos en las especialidades que demandan las empresas, comienzan a hacerse un hueco en España.

«Bachillerato me pareció una pérdida de tiempo, porque era mucha información, pero no había nada que me sirviese», rememora Danny Atiencia. A pesar de que reconoce que le gusta aprender y tener inclinación por la tecnología, tras dejar los estudios a los 16 años sólo pensó en trabajar, así que se empezó a hacerlo en un bar de la Almería en la que vivía entonces. De ahí, pasó a Madrid, donde llegó a jefe de sala. «Cuando llegó la pandemia, la hostelería fue uno de los sectores más castigados», recuerda, y ya con 22 años pensó que «era el momento de dar un cambio».

Sin embargo, el joven no quería perder varios años estudiando, así que optó por un bootcamp de ID Digital School en programación y desarrollo web Full Stack. «Da lo necesario para aprender, unas bases sólidas y luego todo lo demás lo vas aprendiendo conforme vas desarrollando tu trabajo», explica. En su caso, terminó el 22 de septiembre de este año y el día 24 ya había conseguido unas prácticas de un mes en la empresa para la que trabaja actualmente.

Daniela Rodríguez, argentina de 32 años, dio el paso cuando vino a vivir a España. Dejó su carrera -profesora de matemáticas-, aunque no su pasión por los números y optó por el curso de Data Science, también en ID Digital School. Aún no ha terminado, pero ya ha encontrado trabajo.

«Conocía el concepto porque tengo un primo que también decidió hacer un cambio radical: había estudiado licenciatura en comercio exterior», explica Rodríguez. Hizo un bootcamp de Full Stack y actualmente «gana más que después de haber estudiado cinco años y ejercer diez en su anterior profesión».

«Tengo un amigo que ha hecho ingeniería informática y sabe programar lo mismo que yo cuando terminé el bootcamp», presume Atiencia. Obviamente, la carrera añade otro tipo de conocimientos y supone una formación más extensa, pero no todos pueden dedicarle ese tiempo. Ni siquiera las empresas.

Cada año aparecen aproximadamente 20.000 puestos relacionados con la tecnología que no se cubren y el número ha aumentado enormemente con la pandemia -antes de ella eran 13.000- por las necesidades de digitalización que ha traído. El dato lo aporta Iker Arce, cofundador y CEO de The Bridge, otra de las escuelas dedicadas a estos cursos.

La necesidad es tan grande que las empresas terminan robándose los profesionales unas a otras, porque no hay suficientes para todas. «Si miras el número de graduados en informática, al año el sistema universitario español son 5.000 personas», contextualiza Arce. «La demanda cuadriplica lo que el sistema puede producir en un año; hay una enorme falta de talento». En parte, porque en el caso de los puestos relacionados con la ciberseguridad o la nube, se trata de algo «crítico para el funcionamiento de la empresa».

Precisamente por una de estas necesidades puntuales surgió el primer bootcamp hace justo 10 años. Un mensaje publicado el 22 de noviembre de 2011 en Hacker News buscaba a gente que quisiese convertirse en desarrolladora web y viviese en la zona de la bahía de San Francisco. Prometía enseñar el lenguaje de programación Ruby on Rails a quien pudiese dedicarle a ello cinco días a la semana durante los meses de febrero y marzo, independientemente de sus conocimientos previos. «Hay tanta demanda de buenos desarrolladores de Ruby ahora mismo que estoy dispuesto a invertir mi tiempo, dinero y energía por adelantado», aseguraba el autor del mensaje. Y gratis: sólo le cobraría la formación a las empresas que contratasen a sus alumnos. Así fue.

«Poco a poco esto se fue repitiendo y se fue extendiendo», explica Arce. Incluso algunas empresas lo hacían de forma interna. Finalmente, tomó su nombre de los campamentos militares en los que el ejército estadounidense prepara a sus diferentes divisiones antes de convertirse de forma oficial en soldados. «Son currículums muy enfocados en la práctica y en la serie de competencias que hacen falta para trabajar; no hace falta que estén estudiando años un montón de lenguajes y de metodologías, sino simplemente lo que necesitan para arrancar», destaca el directivo.

Otra de las ventajas es que el sector cambia a gran velocidad, así que «si avanzas demasiado hay mucho más riesgo de que ese progreso no sea útil». Los programas, por lo tanto, sacrifican conocimientos que no serán necesarios si no se va a profundizar en ellos a cambio de una empleabilidad que, al menos de momento, pocos pueden alcanzar.

Así, Arce saca a relucir una empleabilidad de un 90% pasados 180 días en la mayoría de sus cursos, y tan solo en 90 si estos tienen que ver con ciberseguridad. De hecho, en varias de estas escuelas aseguran que sólo con que sus alumnos pongan en LinkedIn que están estudiando alguna de estas materias ya comienzan a recibir ofertas para cuando lo terminen. Entre los estudiantes, hay tanto perfiles como los de Danny y Daniela, que buscan cambiar de sector, como otros más profesionales que quieren añadir competencias o, sencillamente, informáticos que saben que es una forma sencilla de empezar con prácticas.

Sin embargo, los bootcamps no son para todo el mundo. Por un lado, su precio puede rondar los 6.000 euros, lo que ya supone una inversión inicial. Por otro, a pesar de que casi todos ofertan plazas a tiempo parcial durante más semanas, su propia naturaleza requiere una dedicación que complica que entre quienes no disponen del tiempo. Y, además, el título en sí no es oficial. A pesar de ello, Arce apunta que esta última desventaja cada vez importa menos tanto a estudiantes como a empresas. Lo que hace falta, arguye, es «un poquito de apoyo institucional». «Operamos desde la periferia: es una parte del sistema educativo que es no reglada, pero resuelve un problema en lo económico y lo social».

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